El caso de Pity Álvarez y lo que dice de nuestra sociedad

Como es de público conocimiento, el pasado sábado se produjo la suspensión imprevista de la actuación del conocido intérprete Pity Álvarez y su banda Viejas Locas, quien se suponía debía ofrecer un muy esperado concierto de rock en el Club Argentinos del Norte, de San Miguel de Tucumán. Sin embargo, llegadas las 23:00, hora de inicio prevista, el artista brilló… por su ausencia.

Y llegaron las diez, y las once, y las doce y la una y las dos y las tres… y el cantante entonces hizo su aparición. Pero en un video proyectado en pantalla gigante, en el cual se disculpaba con su público, porque había tenido “un problema grave”, y que si lo esperaban una horita más, por allí les caía, para empezar el reventón. Total, que la noche era joven… todavía. Muchas horas más tarde se aparecía el artista, ante una multitud cansada, enardecida y dispuesta a cobrarle caro el irrespeto y el desaire, habida cuenta de que muchos de ellos viajaron desde todo el país para asistir al show. Y sí que le pasaron la factura. Insultos, escupitajos, vandalismo, piedras, palos, fuego y correr para salvar el físico fue lo que le tocó al evidentemente intoxicado artista, y al inocente personal de apoyo técnico.

Muy lejos está de ser la primera o la última de las veces que un suceso así ocurre, en cualquier latitud del planeta. Pero una nota que ha llamado la atención, sobre este despreciable incidente, ha sido el lastimoso –por no usar otro epíteto- testimonio videograbado, de una jovencita, que entre copiosas lágrimas y obviamente embriagada, se lamenta sobrecogida porque “no pagó la luz para poder venir a ver a este bolu…”

Juventud, divino tesoro, decía el inmortal bardo nicaragüense Rubén Darío. Juventud, que naturalmente se acompaña de inexperiencia, de actos impulsivos, irreflexivos. Todos fuimos jóvenes, hasta cierto punto se comprende. Hasta cierto punto. Pero ni la escasez de años, ni la falta de criterio por inmadurez, pueden siempre exonerar conductas como esa, sobre todo en nuestros tiempos, en que la sociedad ha llegado a un nivel de avance tecnológico que debería exaltar las cualidades humanas al facilitar y democratizar el flujo de la información. Tendría la juventud que estar más y mejor informada, de lo que es bueno y correcto, y lo que es malo, incorrecto y despreciable. La jovencita del video no tiene 4 años de edad, eso es seguro. Pasada la pubertad, llegada la adolescencia y la primera juventud, se conocen bien los conceptos del bien y del mal, y que cada acción tendrá una consecuencia, buena o mala, correspondientemente.

¿Hasta qué punto puede una sociedad considerar que va en el camino correcto, cuando te encuentras con que una niña ha dejado que su familia sufra el corte de la luz en su casa, por asistir a un (fracasado) concierto de rock? ¿Hasta qué punto y en qué proporción debe repartirse la responsabilidad entre la chica misma, y sus padres? ¿Y qué hay de la responsabilidad del seudo artista? Y siguiendo el hilo del pensamiento y ampliándolo a toda la multitud presente esa noche, ¿hasta qué punto podemos decir que como sociedad humana hemos evolucionado, cuando un grupo de jóvenes que llegan un lugar a divertirse, se ven convertidos por una frustración banal, en una turba de depredadores que solo responden al instinto animal del ataque furioso y destructivo?

Algo anda mal, muy mal, en una sociedad cuando los valores que deberían cimentarse en el hogar, están ausentes, o tan distorsionados que se banaliza la responsabilidad, la honestidad, la empatía de pensar en los demás (sobre todo en la propia familia), y se procura satisfacer egoístamente un impulso tan pueril.

¿No le parece?

Rubén Darío Sarmiento